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La foto serena del poder: arte domesticado, cuerpos saciados y un país con la boca seca”

La escena difundida por los medios oficiales muestra al poeta repentista y al presidente de Cuba compartiendo un momento de aparente serenidad, como si la cultura y el poder hubieran decidido posar juntos para fabricar una postal de tranquilidad en medio de un país que vive en tensión permanente. La imagen está cuidadosamente construida: un espacio limpio, rostros relajados, gestos amables y una atmósfera que pretende transmitir estabilidad, armonía y normalidad. Sin embargo, esa calma visual funciona más como un decorado que como un reflejo de la realidad. El arte, en este caso, aparece domesticado, convertido en un instrumento simbólico para reforzar la narrativa oficial de que todo está bajo control, de que el país avanza, de que la vida cotidiana fluye sin sobresaltos. Pero la quietud del encuadre recuerda más al agua estancada que a un río vivo: una superficie inmóvil que oculta, bajo su aparente transparencia, el deterioro profundo de un sistema que ya no logra sostener ni sus propias ficciones.

Mientras los protagonistas de la foto lucen bien alimentados, vestidos con comodidad y rodeados de un ambiente que sugiere abundancia, la mayoría de los cubanos enfrenta una realidad completamente distinta. La deshidratación, la escasez de agua potable, los apagones, la falta de alimentos y la precariedad de los servicios básicos forman parte del día a día de millones de personas que no tienen tiempo para posar, ni energía para fingir serenidad. La contradicción entre la imagen oficial y la vida real se vuelve aún más evidente cuando se observa el contraste físico: cuerpos satisfechos frente a cuerpos agotados; rostros descansados frente a rostros marcados por la lucha constante por sobrevivir; un escenario de abundancia frente a un país donde conseguir agua, leche, medicamentos o un simple paquete de arroz se ha convertido en una odisea diaria. La fotografía, lejos de transmitir tranquilidad, expone la distancia abismal entre quienes gobiernan y quienes padecen las consecuencias de un sistema que se ha vuelto incapaz de garantizar lo más elemental.

El repentista, figura tradicionalmente asociada a la crítica social, la improvisación libre y la voz del pueblo, aparece aquí como un elemento más del decorado, un símbolo cultural que ha sido absorbido por la maquinaria propagandística. Su presencia, en lugar de representar la espontaneidad del arte popular, parece destinada a legitimar la escena, a darle un toque de autenticidad que suavice la rigidez del poder. Pero esa autenticidad se diluye cuando se observa el contexto: un país donde la libertad de expresión está limitada, donde la cultura independiente es vigilada y donde muchos artistas han sido censurados, silenciados o empujados al exilio. La foto, entonces, no muestra un encuentro natural entre arte y política, sino una alianza forzada en la que el arte sirve como escudo, como maquillaje, como gesto simbólico para ocultar la crisis.

En definitiva, la imagen pretende transmitir calma, pero termina revelando la desconexión entre la narrativa oficial y la realidad del pueblo cubano. La serenidad que se exhibe no es la de un país en equilibrio, sino la de un estanque inmóvil que esconde, bajo su superficie, el desgaste, la escasez y la sed de una nación que sigue esperando un cambio real.

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