En varias ciudades de Cuba, los basureros desbordados se han convertido en parte del paisaje cotidiano, acumulando días —a veces semanas— sin recogida. Entre olores fuertes, moscas y montones que crecen sin control, los vecinos conviven con un problema que ya no sorprende, pero sí agota. Lo que antes era una molestia puntual hoy es un símbolo del deterioro urbano: calles donde la basura se mezcla con la rutina, y donde la resignación pesa tanto como los propios desechos.
La Habana, Santiago, Holguín, Santa Clara… Da igual la provincia: las colas se han convertido en el paisaje más estable de la vida cubana. Desde antes del amanecer, cuando el sol apenas insinúa su luz sobre los edificios desgastados, ya se forman hileras de personas que esperan en silencio, con la esperanza de conseguir alimentos, medicinas o cualquier producto básico que aparezca ese día.
Lo que antes era una molestia ocasional se ha transformado en una estructura social paralela, un sistema informal donde se negocian turnos, se intercambian rumores y se mide el pulso del país. Para muchos cubanos, la cola es hoy un espacio donde se consume tiempo, paciencia y energía emocional.
Un silencio que pesa más que el calor
Aunque las colas siempre han existido en Cuba, el ambiente actual es distinto. El silencio domina. No es un silencio vacío, sino uno cargado de cansancio, de resignación, de una tristeza que se ha vuelto parte del día a día.
Las conversaciones que antes llenaban las esperas —sobre pelota, música, vecinos o familia— han sido reemplazadas por miradas largas, suspiros y un murmullo casi imperceptible. La gente habla menos, observa más y espera sin saber exactamente qué llegará al final de la fila.
Entre quienes esperan hay madres con niños pequeños, jóvenes que deberían estar estudiando o trabajando, y ancianos que cargan décadas de sacrificios. Muchos cuentan que pasan entre 4 y 8 horas diarias en colas, a veces sin lograr comprar nada. Otros explican que la cola se ha convertido en su “trabajo”, porque no tienen otra forma de garantizar comida para la familia.
Un hombre de 76 años en Centro Habana lo resume así:
“La cola es mi día. Si no estoy en una, estoy pensando en cuál me toca mañana.”
Escasez y ansiedad: la combinación que define el presente
La falta de productos básicos —aceite, pollo, pan, medicamentos, detergente— ha intensificado la presión sobre la población. Las colas no solo representan tiempo perdido, sino también incertidumbre constante: nadie sabe si alcanzará, si habrá reparto, si el camión llegará o si el sistema de venta cambiará de un día para otro.
Esta incertidumbre genera ansiedad colectiva. Muchos cubanos describen la sensación de vivir “al día”, sin posibilidad de planificar, ahorrar o proyectar un futuro cercano.
La cola como símbolo de un país cansado
Más allá de la economía, las colas se han convertido en un símbolo emocional:
- del desgaste,
- de la espera interminable,
- de la sensación de que el tiempo se detiene mientras la vida pasa.
Para algunos, la cola es un espacio donde se siente la unidad del pueblo; para otros, es el recordatorio más duro de la crisis que atraviesa el país.
Un fenómeno que define la actualidad cubana
Hoy, hablar de Cuba es hablar de colas. De la sombra que proyectan sobre la rutina. Del silencio que las acompaña. De la tristeza que se esconde detrás de cada mirada cansada.
La cola es más que una fila: es el termómetro emocional de un país que sigue esperando, no solo productos, sino cambios, alivio y un respiro que aún no llega.















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