#ProhibidoOlvidar
En Cuba, la muerte ya no siempre llega por enfermedad o accidente, sino por demora. Por la espera interminable de una ambulancia que no aparece, por el combustible que se reserva para los actos políticos y no para las urgencias del pueblo. En las calles, los ciudadanos han aprendido a mirar el reloj con resignación, sabiendo que el tiempo de respuesta no depende de la gravedad del caso, sino de la prioridad que el sistema le asigna a cada vida.
El caso de Bértica la veterinaria, cuyo cuerpo quedó tendido en una acera mientras los vecinos pedían auxilio, se ha convertido en símbolo de esa costumbre trágica. Su historia no es una excepción, sino parte de una cadena de sucesos que se repiten en distintas provincias: personas que mueren esperando atención médica, niños que no llegan a tiempo al hospital, ancianos que fallecen en sus casas porque el transporte sanitario no tiene combustible. En cada esquina, alguien recuerda un episodio similar. Y en cada memoria, se repite la misma frase: “No había gasolina”.
La falta de combustible en Cuba no es solo un problema logístico; es una crisis moral. Mientras los vehículos oficiales se desplazan hacia reuniones y actos políticos, los servicios esenciales se paralizan. Las ambulancias permanecen estacionadas, los hospitales reducen sus traslados y los ciudadanos improvisan soluciones con carretillas, bicicletas o autos particulares. En los barrios, la solidaridad sustituye al Estado: los vecinos se organizan para mover enfermos, los jóvenes empujan camillas por las calles, los médicos atienden en portales y patios.
Sin embargo, el contraste es evidente. En los días de actos públicos, las calles se llenan de autos oficiales, motocicletas y camiones con banderas. Hay combustible para los discursos, para las cámaras, para los aplausos. Pero cuando se trata de salvar una vida, el tanque está vacío. Esa contradicción se ha convertido en una herida abierta en la conciencia nacional, una herida que muchos prefieren no mirar, pero que cada vez sangra más.
Los testimonios recogidos por HispanoPress muestran un patrón que se repite desde hace años. En municipios como Holguín, Santa Clara y Santiago de Cuba, los ciudadanos denuncian que las ambulancias no llegan porque “no hay asignación de combustible”. En algunos casos, los familiares deben pagar de su bolsillo el traslado en autos privados, mientras los hospitales confirman que los vehículos oficiales están “reservados para misiones institucionales”. La burocracia se impone sobre la urgencia, y la vida se convierte en un trámite.
La tragedia de Bértica resume ese drama colectivo. Veterinaria de profesión, conocida por su compromiso con los animales y la comunidad, cayó víctima de un sistema que prioriza la imagen sobre la acción. Su cuerpo, cubierto con una sábana en una acera, se convirtió en símbolo de la espera eterna. Los vecinos encendieron una vela junto a ella, no solo por respeto, sino como protesta silenciosa. Esa luz tenue, reflejada en el pavimento, es hoy el emblema de una Cuba que sobrevive entre la esperanza y el abandono.
En redes sociales, el hashtag #ProhibidoOlvidar se ha transformado en archivo de memoria popular. Cada publicación es una denuncia, un testimonio, una forma de resistencia. Los cubanos documentan lo que el silencio oficial intenta borrar: los cuerpos en las aceras, las ambulancias vacías, los hospitales sin energía, los discursos que prometen soluciones mientras la realidad se desmorona. Es una manera de decir “esto pasó y no debe repetirse”.
La costumbre de esperar una ambulancia que nunca llega es más que una falla del sistema; es el reflejo de una sociedad que ha normalizado la impotencia. Pero también es el punto de partida para una conciencia nueva, una que exige dignidad, justicia y memoria. Porque en Cuba, cada vida perdida por negligencia es una historia que merece ser contada. Y cada historia contada es una forma de mantener viva la verdad. #ProhibidoOlvidar







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