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Policías cubanos humillan a joven por reír y amenazan con ‘pinchar la pelota’ a quienes jueguen en el lugar

#ProhibidoOlvidar

En Cuba, la autoridad no siempre protege: a menudo intimida. En los barrios, parques y esquinas donde los jóvenes buscan un respiro entre la rutina y la escasez, la presencia policial se ha convertido en sinónimo de tensión. Lo que debería ser garantía de seguridad se transforma en un recordatorio constante de quién tiene el poder y quién debe callar. El reciente video donde un agente grita que “va a pinchar la pelota de los que vea jugando” y humilla verbalmente a un joven por reír es solo una muestra más de una realidad que se repite a diario: la criminalización de la alegría.

La escena, grabada por vecinos, muestra a un grupo de jóvenes conversando y riendo en una esquina. De pronto, un policía se acerca, los increpa y amenaza con destruir la pelota con la que jugaban. “Aquí nadie se ríe, esto no es un circo”, grita el agente, mientras los muchachos bajan la mirada. No hay insultos hacia él, no hay provocación. Solo risa. Pero en Cuba, reír en público puede ser interpretado como desafío. El tono autoritario, la amenaza y el desprecio son parte de un patrón que se ha normalizado: el abuso verbal como herramienta de control social.

Durante años, los cubanos han aprendido a medir sus gestos, sus palabras y hasta sus emociones frente a los uniformados. La policía, más que un cuerpo de orden, se ha convertido en un símbolo de vigilancia ideológica. No se trata solo de mantener la ley, sino de imponer el silencio. Los testimonios recogidos por HispanoPress revelan que los insultos, las humillaciones y las amenazas son frecuentes, especialmente contra jóvenes, vendedores ambulantes y ciudadanos que expresan inconformidad. “Nos tratan como delincuentes por estar en la calle”, dice un joven de Centro Habana. “Si te ríes, te dicen que estás burlándote del sistema; si te quejas, te acusan de contrarrevolucionario.”

La violencia verbal es una forma de represión invisible, pero efectiva. No deja heridas físicas, pero sí cicatrices psicológicas. Cada palabra agresiva, cada gesto de desprecio, refuerza la idea de que el ciudadano común no tiene derecho a cuestionar ni a existir fuera del molde. En los parques, los niños aprenden a jugar en silencio; los adultos evitan mirar a los policías; los ancianos recuerdan tiempos en que el respeto era mutuo. Hoy, la autoridad se impone con gritos, amenazas y miedo.

El caso del policía que prometió “pinchar la pelota” es simbólico. La pelota, objeto de juego y libertad, se convierte en metáfora del país: algo que puede ser destruido por capricho del poder. Esa imagen —una pelota rota en el suelo, bajo las luces de una patrulla— resume la fragilidad de la vida cotidiana en Cuba. No se trata solo de un acto de abuso, sino de una declaración implícita: la alegría del pueblo es peligrosa.

Los expertos en derechos humanos advierten que este tipo de comportamiento policial refleja una cultura institucional donde la impunidad es norma. Las denuncias rara vez prosperan, los videos se borran, los testigos callan. El miedo se hereda y se reproduce. La falta de combustible para ambulancias, la ausencia de respuesta ante emergencias y la prioridad de los actos políticos son parte del mismo sistema que permite que un agente humille a un joven sin consecuencias. Todo forma parte de una estructura que coloca la autoridad por encima de la dignidad.

En redes sociales, el hashtag #ProhibidoOlvidar se ha convertido en refugio y archivo. Allí se guardan los videos, las fotos y los relatos que el silencio oficial intenta borrar. Cada publicación es una forma de resistencia, una manera de decir: “Esto pasó, y no debe repetirse.” La memoria colectiva se construye desde el dolor, pero también desde la esperanza. Porque recordar no es solo mirar atrás, sino exigir un futuro distinto.

En Cuba, el miedo se ha vuelto rutina. Pero también lo ha hecho la valentía de quienes graban, denuncian y escriben. Y mientras las calles siguen siendo escenario de abusos, el pueblo continúa dejando constancia de cada injusticia, cada palabra humillante, cada gesto de poder.

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